Alimentaria y el Futuro

En 2050, 9.800 millones de personas tratarán de sobrevivir en un entorno complejo en donde el plástico ocupará extensiones del tamaño de continentes, el agua será el recurso limitado más buscado, la pesca salvaje se habrá convertido en una leyenda y el 70% de la población vivirá en ciudades de dimensiones colosales, suspirando cada cinco minutos por regresar a la naturaleza porque eso es lo que la publicidad se encargará de repetirles.

Pensaba en este desolador escenario mientras viajábamos a Barcelona para asistir a Alimentaria 2018 y a Hostelco 2018 que se celebraban por primera vez conjuntamente. Las cifras de esta edición – 4.500 empresas expositoras procedentes de 70 países en 100.000 metros cuadrados de superficie- mostraban la fortaleza y el peso de una cita bienal que acaba de cumplir 42 años y que lidera el sector ferial alimentario a nivel europeo.

La primera mañana quise recorrer el primero de los seis salones guiándome solo por los slogans de las marcas expositoras y fui plenamente consciente del peso y el poder de la publicidad en el contexto real en el que nos movemos.

No habían pasado ni 10 minutos y estaba a punto de volatilizarme entre productos con 0,0% azúcar añadido, sin aceite de palma, sin gluten, sin lactosa, sin trazas de nada que pudiera dañar el organismo y, la avena formaba ya parte de mi ADN. Entonces miré hacia arriba y un enorme cartel me aclaró que estaba en la zona dedicada al Gran Consumo y a las tendencias en Alimentación.

Mientras una parte de mi quería creer que si los de Gallina Blanca apostaban por recuperar los sabores de ayer, si Danone me pedía de corazón que reivindicara lo bueno, que si los de Nocilla confirmaban que ya no emplean grasa de palma y que la versión de Stevia es lo más; era porque les preocupa nuestra salud y nuestro entorno, la otra, mi yo escéptico, me zarandeaba y me decía que eran solo modas y formas de acceder a nuevos perfiles de consumidores.

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Nuevos consumidores

Las grandes marcas están pendientes de las necesidades de la generación Z, jóvenes nacidos en la década de los 90 que no dejan de demandar información clara en las etiquetas y de manifestar claramente en las redes lo que les gusta y sobre todo, lo que no les gusta nada. – algunos componentes presentes en prácticamente todos los alimentos ultra procesados entre otros -. También dirigen sus mensajes a un perfil emergente e igualmente interesante, la llamada revolución gris; esos ancianos saludables con alto poder adquisitivo que seleccionan los productos teniendo en cuenta casi exclusivamente parámetros vinculados con la salud.

Sea por lo que sea, las grandes marcas escriben hoy el presente y el futuro de nuestra salud y de nuestra economía e influyen poderosamente en la fisonomía de nuestra cultura gastronómica. Y serán las grandes marcas las que alimenten a la mayoría de la población dentro de tres décadas, cuando los recursos naturales no puedan cubrir las necesidades de una población que no deja de crecer. El hecho de que tomen conciencia de la importancia de respetar la salud y el medio ambiente, por razones pura o no puramente comerciales, es siempre positivo.

La cifra de visitantes, 150.000, con un 30% de procedencia extranjera, se repartía entre los ocho pabellones, deambulando muchos de ellos con unas llamativas bolsas amarillas de una conocida marca de sopa colgadas al hombro que parecían flotar en la lejanía, marcando los miles de caminos posibles para buscar y encontrar la alimentación que cada uno busca. Nuevamente, la publicidad, más concretamente, un acertado merchandising, invadía el espacio visual sin pedir permiso a nadie.

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Democracia gastronómica 

Alimentaria nació hace 42 años, coincidiendo con el periodo de Transición y con las primeras iniciativas para entrar a formar parte de un proyecto ilusionante y aperturista: la Unión Europea. Por sus venas ha discurrido siempre el discurso de la diversidad y de la internacionalización y su madurez y experiencia la han convertido en una propuesta camaleónica en dónde todas las preferencias y apetencias gastronómicas están y se sienten representadas.

En Alimentaria puedes acercarte al Olive Oil Bar y probar 100 variedades de aceite de oliva perfectamente ordenadas y colocadas o apostar por ese pequeño stand de un productor del Bajo Ampurdá que te llevará de la mano a recorrer sus olivos centenarios.

Aquí puedes encontrar a pequeños productores de ensaimada artesanal mallorquina que sueñan con vender fuera junto a chinos de la provincia de Sichuan (en la que viven 84 millones de personas) deseando posicionar helados y chucherías varias en el barrio madrileño de Malasaña.

Pero Alimentaria es sobre todo, la gente que la visita, un inmenso collage en dónde puedes observar al mismo tiempo a unos jóvenes probando por primera vez una crema de alcachofas artesanal; a señoras mayores saboreando un zumo de bimi; a un cocinero ofreciendo demostraciones con mangas pasteleras preparadas a un grupo de expositores asiáticos, mientras de fondo, se escuchan las voces de diseñadores, economistas y desarrolladores de patentes tratando de dar respuestas a, entre otros muchos asuntos, la gestión del plástico y de todo el desperdicio que generamos.

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Última mirada

Durante tres días intenté llegar a Hostelco, pero nuestros esfuerzos chocaban siempre con las dimensiones y los encuentros inesperados. Nos quedaba apenas una hora, era ahora o nunca. Ubicado en el fondo del recinto, el pabellón 8 acogía las últimas tendencias para cocinar, para decorar una cocina, una mesa o una habitación de Hotel.

Acababa de aprender a cocinar una hamburguesa en solo tres minutos, sin grasas, conservando todo el jugo y sin tener que controlar el punto de la carne. Alguien me había acercado al mundo del nitrógeno y me había hecho reflexionar, siempre lo hace, sobre lo curioso que es querer parecer distintos cuando todos somos iguales.

Pensé entonces que era hora de partir, pero miré a la derecha y comprobé que nos faltaba aún un espacio, una zona dedicada a la decoración de habitaciones de hoteles. Entré casi sin fuerzas, con la única intención de llegar hasta el final para dar la vuelta. pero algo me llamó la atención.

Sobre la pared del fondo, un cuadro de pequeñas dimensiones me estaba llamando. Me acerqué y sentí un sobresalto al descubrir a esas maravillosas personas frágiles y bellas en las que me fijo cada día. Caían directamente desde el cielo, algunas sujetas a paraguas, otras a manos y unas pocas a nada. Todas ellas se balanceaban y descendían lentamente hacia una acogedora superficie llena de casas de colores.

Eran personas felices regresando a casa. Y ese era para mi el resumen de lo que había vivido durante tres días y de lo que estaba a punto de suceder. Siendo conscientes de lo efímeras que son las ferias, creo que lo mejor de visitarlas es volver a casa habiendo aprendiendo algo que sirva para sumar.

Regresé y al día siguiente busqué en Internet al autor de ese cuadro, Felipe Giménez . El primer enlace me llevó a un blog en el que cuenta que pinta para la gente cosas que le pasan a la gente, en una dimensión cotidiana para que mucha gente pueda proyectarse lúdicamente en sus obras y hacer suyas esas historias.

Y pensé que quizás ese respeto a la dimensión cotidiana y humana de este pintor nacido en Mar de Plata en 1963 es el mismo que se respira entre el equipo organizador de una feria de enormes dimensiones creada respetando la escala humana que se dedica a juntar a gente con gente para mejorar la vida de los que vienen detrás.

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