El Bloody Mary – Un Cóctel Redentor

Era un tipo brutal. Un toro desbocado. Aunque con un enorme éxito profesional. Pero ni este suceso logró darle una pizca de empatía. No, P. era hijo de la crueldad y la perfidia. La comprensión, la misericordia, eran cosa de débiles, clamaba a menudo mientras tomaba las más atroces decisiones empresariales. Lógicamente, no se le conocían amigos y la que fue su mujer, se decía, se había auto desterrado lejos de la ciudad y de él hacía años. No, P. era un solitario psicópata de su trabajo –la dirección general de un conocido grupo de comunicación- y sus relaciones se limitaban a una pequeña corte de aduladores y a alguna que otra noche de neones y humo. No, no se le sabían tampoco novias ni amantes. P. era un bárbaro.

Transcurría de esta insidiosa suerte su vida y nada indicaba que su trayectoria de malvado oficial fuese a truncarse, más bien al contrario: a medida que pasaba el tiempo, cada vez más aislado en su torre fortificada de marfil, P. iba pisando a todo el que se ponía por debajo, y ni el asfalto crecía tras de él.

Hasta que conoció a M. Fue en una de las coctelerías a las que acostumbraba a ir para darse un homenaje alcohólico tras un día de trabajo y furor. A pesar de su misantropía, allí podía charlar con el “bartender” y, a veces, pocas, con algún cliente transeúnte que desconocía su fama, aunque casi siempre se ubicaba, solo, en un rincón de la barra acompañado del diario y un whisky de malta. La vio, sentada lánguidamente en los sofás, sorbiendo con parsimonia lo que parecía un bloody mary. Su mirada melancólica lo inquietó al momento. A los pocos minutos descubrió con desazón que no podía dejar de mirarla.

Ese rostro armonioso de desamparada belleza… Y esa tez pálida, casi transparente… Sintió una extraña nostalgia; pero, ¿de qué? No pasó demasiado tiempo hasta que resolvió acercarse a ella. Fue un abordaje fácil, recibido por M. con una tímida sonrisa. Al rato ya estaba compartiendo un bloody mary con ella, transitando por conversaciones íntimas que jamás se hubiese imaginado poder mantener. P., entonces, ni se dio cuenta de que se había enamorado…

Tras aquella primera noche de sentimientos desnudos y ardor de madrugada, de un “sturm und drang” imposible, P. y M. ya no se separaron. Sin advertirlo, la vida de P. dio un vuelco asombroso. Cuentan los que vivieron aquellos días raros que su habitual rictus se transformó en sonrisa, que comenzó a delegar funciones, que muchas tardes ya ni aparecía por el despacho…

P. y M., ajenos al mundo, convirtieron desde aquella primera tarde el bloody mary en su bebida fetiche. Cada día, estuvieran donde estuvieran –en casa, de viaje…-, no podía faltar el cóctel. Los mejores vodkas, zumos de tomates exclusivos, limones violentamente frescos, sales y pimientas exóticas, la worcestershire… Era como un sueño. Días de vodka y rosas.

Sin embargo, en el transcurso de los días y las noches, P. fue observando con preocupación una lenta pero progresiva decadencia física en M. Ni los mimos constantes, ni esas tardes apacibles bebiendo un bloody mary en los mejores lugares parecían iluminar el rostro de M., cada vez más marchito. M. se extinguía sin razón aparente ante sus ojos…

Un día, al atardecer, Barcelona deshaciéndose en la oscuridad frente a su terraza, P., como siempre, fue al mueble bar a preparar un bloody mary. Quiso la mala suerte que, cortando los limones, el cuchillo alcanzara su dedo y dejara caer un chorrito de sangre dentro del “highball”. P. se dispuso a cambiarlo cuando, atacado por una sorprendente sensación atávica en el estómago, pensó que no podía haber mejor muestra de amor que fundir su sangre con la de su amada M. Excitado como un niño, sin decirle nada a ella, le sirvió el vaso…

La velada fue, curiosamente, más animada que jamás. Cuando se acostaron, P. observó con sorpresa e incredulidad que la inquietante lividez habitual de la cara de M. se había tornado en un delicado rosa. Esa noche P. no pudo dormir. Tras examinar mentalmente las posibles razones de aquel repentino cambio en el aspecto y la jovialidad de M., ya de madrugada llegó a la conclusión de que fue la sangre, su sangre, la que obró la inopinada taumaturgia.

Por la mañana, después de la ducha, todavía sin poder sacarse sus elucubraciones de la cabeza pero ya fresco, volvió a caer en el abatimiento. ¡Qué absurdo! Esto no podía ser… No obstante, ya por la tarde, mientras preparaba el bloody mary, decidió volver a intentarlo. “Eres un estúpido”, dijo para su capote. Pero, mágicamente, volvió a funcionar. M. vibraba de vida, de risas, de color. P. no podía salir de su estupor.

Desde aquella segunda tarde, ya convencido locamente de la maravilla, se armó de un pequeño y fino estilete que ocultaba en su chaqueta y, en cada uno de los bloody mary que le mezclaba a M., le añadía un chorro de su sangre. Pero… Mientras M. estaba cada día más radiante, él iba cayendo en la postración. Y ni lo advertía. Ni cuando comenzó a desfallecer y a desmayarse sin motivo. Para él sólo existía M., sólo ella, nada más importaba.

La salud de P. fue de mal en peor hasta que, una hermosa tarde de nubes rosadas en el infinito, tras hacerse un tajo en la muñeca más generoso de lo acostumbrado por culpa de los temblores que lo aquejaban, llevó el bloody mary a la terraza y, tras dejarlo sobre la mesa y mirarse de nuevo en los alegres ojos de M., se desplomó…

Nadie sabrá si llegó a ver la enigmática sonrisa de M. mientras el mundo se le fundía suavemente a negro.

Texto: Xavier Agulló 

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