Boston – Buscando (y encontrando) a Marc Casanovas

Seguimos navegando sin saber cuándo llegaremos a puerto ni qué encontraremos cuando atravesemos la bocana y enfilemos hacia el muelle. Seguimos sin saber cuándo acabará esta pesadilla que empieza a durar demasiado. Pero hay algo a lo que no vamos a renunciar, a viajar. Puede que medio mundo esté confinado y el otro medio a punto de encerrarse en casa de nuevo, pero hay algo que este virus no podrá quitarnos: las palabras. Por eso, cuando ayer nos despertamos con ganas de escapar de la realidad y de atravesar el charco, escribimos a Marc para confesarle que su Barcelona del alma no es la misma desde que la cambió por Boston y para pedirle que nos dejara compartir su ventana. Y él, como siempre, nos invitó a compartir todo lo que tiene y todo lo que es.

 

Desde la ventana de Marc Casanovas

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¿Qué veo desde mi ventana? Empezaré contando que vivo en la planta baja de una casa verde de madera en Boston. De esas edificaciones clásicas de la capital de Massachusetts con porche, jardín y vecinos que siempre saludan.

Familiares y amigos me repiten que es la casa que han visto una y mil veces en el cine. ¿Recuerdan, verdad? Esos lugares oscuros con pantalla panorámica donde echaban películas con banda sonora envolvente y risas sin mascarilla. Como si fuera una secuencia de ciencia ficción, aquí la nieve se ha fundido y se ha trasladado por arte de magia hasta España.

Algo de tragicómico tienen estos meses pandémicos, que transcurren a una velocidad casi grotesca: un virus, el miedo, el silencio, un pie en un cuello de un hombre negro durante 8 minutos y 46 segundos, un presidente con el cerebro oxigenado, unas elecciones históricas y unos cuernos con un hombre, la cara pintada y una bandera asaltando el Capitolio.

Una mermelada de recuerdos encuadrados en una ventana. Cada mañana me siento en la mesa del comedor y escribo durante horas lo que debería tener forma de libro a final de año. El punto y final lo marca la hora de ir a recoger a mi hijo. Jan tiene un año y medio y, que yo sepa, no puede ni debe volver solo a casa por muy bestia parda que sea.

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Si levanto la vista, mi ventana es el peor homenaje a Hitchcock, porque de indiscreta tiene más bien poco. Árboles pelados, coches que entran y salen del parking y bonitos crepúsculos. Eso sí, he descubierto que he memorizado la rutina de mis vecinos y que nunca olvidaré el sonido de las ardillas pisando la madera. Cuando vuelva a casa, a mi querida Barcelona, será algo que recordar con aprecio.

En la repisa interior observo mi nuevo juguete favorito, una olla de cerámica para cocer pan al estilo de Tartine Bakery, la famosa panadería artesanal de Chad Robertson en San Francisco. Su forma es perfecta y su color blanco hueso la convierten sin querer en un objeto de decoración cuando no cumple con sus funciones originales.

Sí, soy uno de esos que ha aprendido a cocer hogazas de pan rústico durante el confinamiento. Y no entiendo por qué los buenos panaderos no cobran cada pieza a 40 euros. En el horno, la masa al estallar descubre su interior alveolado y parece una flor carnívora. Junto a las bañeras con mi hijo, es lo más bonito que se me ocurre de mi micromundo hecho a medida. 

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Lo cierto es que Blanca y yo cocinamos más que nunca, porque los restaurantes no son lugares seguros. Duele decirlo, pero como dicen los norteamericanos «it is what it is». Un cartel en un restaurante que ya ha cerrado me llamó la atención hace dos meses: ¿Recuerdan el Titanic? Pues somos la banda que sigue tocando». El pragmatismo es doloroso, pero aquí alimentará al sector cuando sea menester.

«The spirit of America», se puede leer en las matrículas de todos los coches. No creo en espíritus, pero si en la comunidad, que aquí es cosa seria y los favores se devuelven sin malas caras. He descubierto que las calles pueden tener neveras con comida gratis para los más necesitados, que el concepto restaurante cambiará con nosotros y que hay cocineros que valen un imperio fuera de sus cocinas. 

Es curioso, pero recuerdo más sabores que lugares. La croqueta del restaurante Coure, la ensalada napolitana de Dos Palillos, el desayuno de Els Casals, la berenjena de Al Kostat, el huevo soufflé de Gresca, las copas de vinos naturales en Monocrom, el pulpo de Direkte Boqueríaplatos (y vinos) confinados en mi memoria.

Es muy egoísta por mi parte, pero reconforta saber que con la pandemia me estoy perdiendo menos cosas de mi tierra y de mis seres queridos. Lo he puesto todo en pausa, así las personas y los lugares favoritos estarán en el mismo estado de gracia de antes de partir. 

«Que caminar con las rodillas temblando es el verdadero estado de todas las cosas», dice una de las canciones que más he escuchado este último año. Porque debemos dejar de pensar que temblar es algo malo. Y porque la vieja normalidad no la quiero para mi ni para nadie. 

Gracias Marc, ojalá podamos compartir pronto esas croquetas, ese pulpo y esos vinos en Barcelona.

 

* El periodista gastronómico Marc Casanovas (Barcelona, 19/9/1979) vive desde hace un año y medio en Boston, Massachusetts y colabora habitualmente con medios de comunicación como COMER La Vanguardia, Catalunya Ràdio, Traveler Magazine, Guia Repsol, Soy Como Como y la revista Arrels.

Marc es una persona comprometida que luego se hizo periodista, escribe desde las entrañas y deja la piel para dar voz a todas esas personas que suelen estar fuera del foco. En la última década, ha investigado y publicado artículos vinculados al papel de la política en la alimentación; al futuro de la agricultura; la ganadería; la pesca y los pequeños productores; la seguridad y la justicia alimentaria; los cambios en la restauración; la materia prima de proximidad; las mejores formas de sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático.

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