El Café y El Lujo Al Precio De Todos Los Bolsillos

Cerré la pantalla del ordenador, salí a la calle y di un paseo corto hasta uno de los garitos al lado de la oficina. Pedí un café cortado y un vaso de agua a la portuguesa. Mientras esperaba, hojeé la vitrina de la barra por si había alguna quesada casera recién horneada. Todavía no había levantado la mirada cuando oí una voz por encima del hombro: “en verano no las hago, no viene tanta gente por eso de las vacaciones… acabo tirando la mitad a la basura”.

A falta de quesada, salí fuera y me senté a la sombra. Encendí un pitillo y maldije los hábitos veraniegos de los madrileños. Al acabar con el último sorbo del café, tomé un trago de agua helada y volví a pensar en una frase que había leído unos minutos antes: “lujo al precio de todos los bolsillos”.

Con ello me vino al recuerdo el detalle de un chef que antes de convertirse en mediático me gustaba mucho. Sus platos eran una delicia; todos destacaban por su sencillez, calidad y sabor; y en aquel momento no había manera de escapar de una mesa suya por menos de setenta euros; sin incluir el café ni el vino. Luego me acordé de cuando –hace ya un largo tiempo atrás- había abierto su propio restaurante, dónde, al parecer, el “hilo conductor” era un palillo de plástico acompañado de unas cuantas botellas de “cerveza premium”, mucho “rock n´ roll”, “diversión a tope” y, por lo que dejaba entenderun todo incluido por unos “treinta pavos por barba”. Suspiré… En vez de estar trabajando y asándome de calor en la urbe, lo que realmente me apetecía era estar en un chiringuito por alguna playa perdida en el sur.

Me levanté y dejé unas monedas en el platillo. De camino al despacho – aun con ganas de la maldita quesada- me acordé de un articulo que había leído también hace unos años. Me invitaba a viajar unos días a Sotogrande. Allí tendría la oportunidad de encontrarme con otro chef de fama televisiva, cuya ultima hazaña había sido montar un “pop-up efímero” con decoración “provenzal chic”, patrocinado por una marca de coches de lujo en un club exclusivo asociado con la hípica. A lo mejor era la cafeína que empezaba recorrer mis venas, o quizás fue por el calor sofocante, pero mientras buscaba las llaves para abrir la puerta del despacho, no podía recordar ninguna palabra de todo aquel texto que se refiriera a la oferta gastronómica del sitio en cuestión.

Encendí la lámpara de la mesa y volví a abrir el portátil dispuesto a seguir trabajando, pero antes de empezar, me di cuenta que estaba harto. Tenía medio apalabrado salir con unos amigos a tomar algo. Me agradaba la idea de verles pero de repente me estaba entrando una pereza brutal. Pensé en la enorme oferta de ocio gastronómico que me ofrece esta ciudad y en lo supuestamente asequible que los hosteleros me han estado vendiendo su saber hacer desde que la “crisis” se apoderó del sector. Sin embargo ahora, después de tomar ese café sin la quesada, no se me pasa por alto lo irónico que resulta el hecho de que cada vez que salgo a cenar y tomar una copa por ahí, sigo volviendo a casa al menos setenta euros más ligero de cuando salí.

Algo no me cuadraba y no era solo por una cuestión del dinero. Hace bastante tiempo me invade la sensación que algo fundamental ha estado cambiando en todo esto. Cuando salgo a comer o a cenar, no siempre pero a menudo, tengo la sensación de acabar pagando lo mismo que antes, salvo que ahora en vez de disfrutar de muy buena comida en mejor compañía, de ingredientes de calidad tratados con esmero por gente con talento y pasión por lo que hacen; lo importante se ha convertido en pagar por una experiencia, dónde el protagonista soy yo, dónde el local es todo, dónde la gente está para ver y para ser visto y, sobre todo, dónde los platos son aparentemente más baratos pero a la vez resultan del todo sobrevalorados. Sobrevalorados porque para empezar están concebidos bajo escandallos que casi no dejan margen para la creatividad; sobrevalorados porque al final vayas donde vayas casi todo el mundo pone lo mismo o primos hermanos de lo mismo; sobrevalorados porque se les nota la falta de alma que llevan dentro.

Volví al trabajo. No fue una tarde buena. Tomé un café, pero me quedé sin quesadas y sobre todo me di cuenta de que por alguna razón, algunas de las mejores  cosas  de mi ciudad se han convertido simplemente en mediocres.

Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

COCINA FORO 1098 SL 
Calle de O’Donnell, 3, 28009 Madrid
info@cocinafuturo.net
+34 616519434

También puedes caer
en nuestras redes:

  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • Pinterest