Croquetas de Chipirón Que Atraviesan El Atlántico

Fue exactamente hace un año, lo recuerda porque era la noche de San Juan, la noche más corta del año. Su hermana le llamó por teléfono y le pidió que cuidara de una adolescente americana que estaba pasando el mes en casa con ella y sus sobrinas. Serían solo cuatro o cinco horas. Le dijo que sí y le preguntó de qué podría hablar con una adolescente extranjera si apenas hablaba inglés. “Es una adolescente, como se nota que no tienes hijos, de nada, ellas no hablan, están con su móvil y no necesitan nada más”. Para colmo, mañana tenía que llevar preparadas 400 croquetas de chipirones al restaurante, porque hoy no le había dado tiempo a terminarlas.

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Antes de seguir dándole más vueltas a la cabeza, entró en la cocina y colocó en la encimera todos los ingredientes que iba a emplear: los chipirones, el aceite, la leche, la harina, el pimiento, la cebolla, la sal, la pimienta, la nuez moscada, los huevos y el pan rallado.

Su hermana no tardó ni cinco minutos en llamar al timbre, presentarle a Anne y salir corriendo. Se miraron, ella sonrió, Anne le devolvió una mirada fría y regresó a la pantalla del móvil. “Mi hermana siempre tiene razón”, pensó mientras le acompañaba al comedor. Le encendió la televisión, le dio el mando y regresó a la cocina.

Llevaba aproximadamente un minuto cortando muy despacio los chipirones, casi había logrado relajarse y estaba empezando a disfrutar de cada corte cuando sintió que alguien le observaba desde la puerta de la cocina. Allí estaba Anne, con su larga melena tapándole media cara y mirándole fijamente con un gesto entre curioso y huraño. “¿Can I help you? Más que una pregunta, sonó a exigencia, así que asintió con un gesto, le dio un delantal y le dijo en su tosco inglés que solo aceptaba su ayuda si se ataba el pelo. Un segundo después, estaba junto a ella con el delantal puesto y la cara despejada.

La colocó delante de una tabla de cortar, empezó pidiéndole que cortara muy fino la cebolla y comprobó enseguida que tenía mano con el cuchillo. Mientras terminaba de preparar los chipirones le dio una sartén, la harina, la mantequilla y la leche y observó como Anne preparaba la besamel sin necesidad de que le diera ninguna instrucción. Mientras todo esto sucedía, el móvil de la adolescente sonaba de vez en cuando pero ella hace rato que no prestaba ninguna atención a los avisos de mensajes.

Llegó la hora de dorar la cebolla y añadir el pimiento y casi no tuvo que indicarle nada, Anne fue incorporando sola los trozos de chipirón, añadió la tinta del calamar y la besamel y empezó a dar vueltas lentamente a la mezcla. Mientras lo hacía, empezó a hacerle preguntas, cuándo había empezado a cocinar; quien le había enseñado a cocinar croquetas; porqué eran de chipirón y no de otros ingredientes; a qué sabía la nuez moscada o qué cantidad iban a emplear. Le contestó a todas, salvo a una.

Cuando la masa obtuvo la densidad que buscaba, la colocaron en tres bandejas y las dejaron en la nevera durante una hora que aprovecharon para pelar, freír y dejar preparados botes de cebolla frita. Anne seguía queriendo saber qué otros platos preparaba en el restaurante y le pedía que se los detallara uno a uno.

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A ella le sorprendió cómo una adolescente de apenas 16 años podía manejarse con tanta soltura en la cocina y a la vez no dejar de hablar y de cuestionar con entusiasmo todo lo que estaban haciendo. Una hora después se sentaron en la mesa alargada de la cocina, una frente a la otra, y mientras le daban forma a la masa de las croquetas, Anne le confesó que ella veía a menudo a su abuela cocinar, pero que nunca había querido ayudarla y que ahora que estaba lejos, se arrepentía de no haber aprovechado ese tiempo para preguntarle las mismas cosas que le estaba preguntado a ella. ¿Quizás es porque las croquetas cuesta hacerlas y da más tiempo a hablar?”, le contestó ella.

Cuando acabaron de prepararlas, guardaron con cuidado las croquetas en las bandejas de la nevera y en ese momento sonó el timbre. Era su hermana, había acabado antes su reunión y venía para llevarse a Anne con sus hijas a un plan irresistible: concierto y hamburguesas, nada que ver con unas aburridas croquetas decimonónicas.

Cuando estaban en la puerta, sintió una sensación agridulce, le hubiera gustado compartir más tiempo con esa adolescente de ojos apagados que solo brillaban cuando cortaba, amasaba o freía. Apenas se miraron al despedirse. Recogió en silencio la cocina y se acostó pensando en lo bonito que fue para ella compartir silencios y masas de croquetas con alguien que seguro que solo pensaba en hamburguesas, en pokes y en todas esas cosas raras que come hoy la juventud.

Hoy vuelve a ser la Noche de San Juan y acaba de recordar a esa adolescente, silenciosa que se reactivó en su cocina porque, tal y como sucedió hace un año, le ha pillado el tiempo y vuelve a tener que preparar croquetas para mañana. “Hay cosas que nunca cambiarán”, piensa mientras se dirige a la encimera de la cocina cargada con todos los ingredientes.

Suena entonces el móvil y al acercarse y encender la pantalla, ve que es un mensaje desde un número desconocido. Lo abre y aparece una foto con una montaña de croquetas sobre un plato. El corazón le empieza a latir deprisa cuando empieza a leer el texto que acompaña la foto: “He cumplido mi promesa, hace un año me enseñaste a cocinar croquetas, te prometí que las prepararía con mi abuela y hoy las hemos hecho y te las hemos dedicado, gracias de parte de las dos desde el otro lado del océano. Espero que tú también cumplas ahora tu promesa”.

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Sonríe, se pone el delantal. Se ata el pelo y empieza a cortar muy despacio los chipirones. Disfruta pensando en todo lo que tiene por delante antes de hacerles unas fotos a las croquetas y enviarlas de vuelta al otro lado del océano para compartirlas con una abuela y una nieta que aunque han tardado un poco, al fin han empezado a cocinar juntas.

Pero antes de encender el fuego, coge el móvil, se pone las gafas, vuelve al mensaje, le da a responder y empieza a escribir: «Querida Anne, hace un año te prometí que si tu cumplías tu palabra, yo te contaría quién me enseñó a cocinar estas croquetas. Hace muchos años, conocí en San Sebastián a una mujer maravillosa que estaba enamorada de la Bahia de la Concha, tan enamorada estaba, que su nieto años después se inventó una marca para regalársela. El caso es que esta señora aprendió a cocinar con un libro mágico que deberías leer, La Cocina Práctica de la Marquesa de Parabere …

Horas después, una foto de croquetas de chipirones volvió a atravesar un océano, esta vez con su historia incorporada.

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