El Dulce Amargor de la Cecina

No fue el día más duro, pero sí uno de los peores que había vivido. Así que aunque el restaurante no estaba abierto, se encerró en la cocina y para no pensar, abrió la nevera.

Extrajo cinco enormes piezas de babilla y espolvoreó lentamente sobre ellas una mezcla de enebro, esperanza para mitigar el dolor, romero, pasión para borrar el daño, tomillo, entrega para matar la indiferencia, pimienta negra, ilusión para reducir la pena, sal, fe ciega a pesar de todo lo vivido, azúcar y amor verdadero. Las metió en bolsas, las selló al vacío, repitió el ritual dos semanas más tarde y dejó que se curaran durante 30 días. 

Cuando casi las había olvidado, alguien decidió que ya era hora de probar esas cecinas que a él solo le traían recuerdos lejanos de una amarga noche. Para su sorpresa, cada vez que alguien probaba una fina lámina, se acercaba a él y le abrazaba emocionado. 

Aquella noche, el dulce amargor de la cecina le hizo comprender que con tiempo y con los ingredientes y sentimientos adecuados, se puede salvar cualquier receta, cualquier vida.

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