Fotos y Silencios – Nadie Habla Con Nadie

Llevan meses sin hablarse, meses, pero no pasa nada, no creen que sea importante ni reseñable, total, mires dónde mires, nadie habla con nadie. Hoy seguirán sin hablarse, pero han decidido salir a cenar con una pareja para probar el menú degustación de ese restaurante del que no dejan de hablar sus amigos, con quienes, por cierto, sí hablan. Y de paso, hacerse unas fotos para poder subirlas a las redes.

El caso es que calculan mal, llegan media hora antes al establecimiento y nada más entrar, preguntan, en este orden, si hay WIFI y luego periódicos. Al confirmarles que sí en ambos casos, los dos respiran tranquilos y se sientan en la mesa alta del fondo para esperar a sus amigos.

Diez minutos antes de que sea la hora de pasar a la sala, cuando ya se han leído la prensa un par de veces, limpiado sus correos y actualizado todos sus perfiles de redes, suena un aviso en el móvil de ella. En un breve Whatsapp, su amiga le confirma que no se encuentra bien y que tendrán que disculparles esa noche.

Ella se dirige a él, por primera vez en el día, quizás en la semana, y le comunica aterrada lo que acaba de leer en la pantalla. Él no da crédito. Sobrecogidos y aturdidos, le comunican al camarero que les atiende que esta noche serán solo dos y se dirigen con él lentamente a la planta de abajo.

Se sientan, incómodos por la poca distancia que les separa, en una diminuta mesa para dos en el rincón más apartado de la sala. Cuando ella comprueba que en ese lugar no hay cobertura, empieza a sentir que le falta el aire, y es entonces cuando él, asumiendo que, solos y sin cobertura, no podrán sobrevivir, decide coger la sartén por el mango.

Dirigiéndose al camarero, con un tono de seco a muy seco, le indica: “Óigame, ¿puede hacernos una foto aunque no nos quedemos a cenar?” El camarero, impresionado por la cancelación tan repentina, no atina con el móvil y aunque recibe todo tipo de instrucciones, no presta demasiada atención a la hora de enfocar y hacer la dichosa fotografía.

Caminan en silencio hasta su casa, entran, se cambian y cada uno se va a una habitación. Él empieza al fin a relajarse y decide que es el momento perfecto para subir la foto que justifica que han estado en ese famoso local.

Abre la carpeta de fotos, busca la instantánea y, cuando comprueba que salen tan borrosos que apenas se les reconoce, sufre un brutal ataque de ira. Se incorpora bruscamente, se dirige a la mesa del despacho y enciende el ordenador. No recuerda el nombre del camarero, pero da igual, castigará a toda la sala. Teclea con rabia y torpemente la siguiente dirección; www.Tripadvisor.com y comienza a descargar todo ese odio y frustración que arrastra hace ni sabe la de tiempo…

 

 

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