¿Por Qué Les Llamamos Frutos Secos Cuando No Lo Son?

Les hemos llamado siempre frutos secos, sin pararnos a pensar que realmente, ni son frutos ni están secos. Las nueces, avellanas o almendras, realmente son  semillas. Ricas en proteínas; hidratos de carbono como el almidón; aceites; fósforo; minerales y microelementos llamados oligoelementos (Boro, Zinc o Magnesio) son imprescindibles para el metabolismo celular y han constituido para un omnívoro como el hombre un suplemento básico en su dieta.

 

frutos-secos

 

En sentido estricto, sólo deberíamos llamar frutos secos a los frutos que se presentan en estado de pasa, es decir: dátiles, higos, ciruelas, albaricoques u orejones o uvas pasas.  Sin embargo, los metemos a todos en el mismo cajón cuando en realidad solo estos últimos que acabo de citar son realmente frutos. Cuando hablamos de almendras, nueces, avellanas o cacahuetes, realmente nos estamos refiriendo a semillas. 

 

A todo esto, ¿qué es una semilla?

 

La vida de una planta comienza a partir de una semilla. En ella se encuentra el embrión, un proyecto que va a dar lugar a un nuevo ser vivo, acompañado de una “despensa” energética compuesta básicamente de almidón y proteínas que va a permitir a este “proyecto” convertirse en una planta.

Para obtener la fuerza suficiente, en primer lugar este embrión debe desarrollar una pequeña raíz inicial que le una a la madre tierra a modo de cordón umbilical. Una vez que la raíz comienza a funcionar, la semilla empieza a desenvolver sus cotiledones (esas primeras hojitas que vemos cuando germina una planta) los cuales nada más ver la luz comenzaran a fabricar la clorofila y los azúcares a partir del CO2 que procesan gracias a la fotosíntesis.

 

semillas

 

Así comienzan la vida los vegetales, con este embrión de apenas milímetros muchas veces visible a simple vista, (en las almendras es ese saliente con forma de pequeña uña que sobresale del extremo) otras veces está oculto entre los dos cotiledones como ocurre con el cacahuete o la castaña.

Las semillas son, por tanto, una de las maravillas que tiene la naturaleza para perpetuar la vida. La planta intenta producir a lo largo de su ciclo la mayor cantidad de semillas posibles para garantizar la perpetuidad de su especie y, en ocasiones, las envuelve en un fruto atractivo en tamaño, color y aroma para que los animales las coman y así dispersen, tras más o menos un par de días de digestión, las semillas con el abono correspondiente a muchos kilómetros de donde fueron comidas.

Aunque el objetivo de la planta es que se coma y mastique el fruto y no sus semillas, muchas especies de plantas producen semillas comestibles. Hay árboles grandes y longevos que suelen encerrarlas en cáscaras duras lo que les permite resistir mejor el paso del tiempo (nogales, castaños…) Su tamaño y sabor resulta tan atractivo que el hombre lleva recolectándolas y consumiéndolas miles de años. Esa despensa energética de la que hablábamos tiene un alto poder calórico y es también un buen combustible para el ser humano.

 

No todas son digeribles

 

Un porcentaje elevado de semillas no se pueden comer en estado crudo porque su digestión es difícil, a veces incluso imposible. Por esta razón, suelen ser sometidas a procesos de temperatura como el tostado para mejorar su sabor y digestión, como es el caso de las pipas de girasol o los pistachos.

Este proceso térmico trae consigo la pérdida por descomposición de las vitaminas y, por evaporación, de parte del agua que contienen. Pero, también es cierto que este proceso respeta una de sus cualidades más valiosas; su alto contenido en ácidos grasos.

Y otras veces sucede exactamente lo contrario. las semillas se deben hidratar durante horas y después cocer largo tiempo. Este es el caso de las legumbres, unas semillas que llegan envueltas en una vaina y que no son considerados frutos secos con la excepción del cacahuete (una leguminosa un tanto especial), un fruto seco muy rico en grasas que puede ser comido crudo pero cuyo tostado facilita su digestión.

Nuestro país, como casi todos los del litoral mediterráneo, es un gran productor de frutos secos debido a la gran extensión agrícola y boscosa que posee y a la diversidad de climas y suelos que se encierran en nuestra península.

Una gran parte de los frutos secos que consumimos son de origen nacional, desde las avellanas de las comarcas catalanas, las castañas de toda la mitad norte a las almendras de las secas tierras alicantinas con las que se elabora el famoso turrón o los piñones producidos por el pino piñonero soriano.

En otros lugares del mundo, con un clima más tropical y más húmedo, los frutos secos consumidos por la población son diferentes. Es el caso del pecán o nuez brasileña, el anacardo o caju, el coco -que aunque os sorprenda es exactamente eso, una semilla- o la últimamente tan famosa nuez de macadamia, de origen hawaiano.

Texto Santiago Orts 

 

 

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