LA ISLA DE DJERBA Y EL DESIERTO DE KSOUR – Entre Un mar y Un desierto

La Odisea, el poema épico de Homero, cuenta las vicisitudes de Ulises, rey de Ítaca, en su viaje de regreso al finalizar la guerra de Troya. Ya en alta mar, una terrible tormenta le hace perder el rumbo y cuando creen que ya está todo perdido, amaina la tormenta y avistan tierra, la isla de Djerba. En tierra firme Ulises envía a un grupo de hombres en busca de agua y provisiones. Los isleños les reciben alegremente y les invitan a probar la flor de loto, sin saber los marineros que el loto es la flor del olvido.

Cuando la comen entran en un estado de placidez desconocido, solo quieren comer más flores y dormitar en la playa, gozando de sus sueños y alucinaciones. Se olvidan de Ulises, de Ítaca y de regresar, olvidan el pasado y, también, su futuro. Entonces Ulises obliga a sus hombres a subir al barco, les ata a los bancos de los remeros y zarpa a toda velocidad dejando atrás la tierra del olvido.

Como en el poema de Homero, miles de años después la isla de Djerba sigue manteniendo su embrujo especial. Será la luz de Mediterráneo, la luna llena en un cielo estrellado, la amabilidad de sus gentes o su gastronomía. No sé lo que es, solo sé que la isla atrapa y encandila a todo el que llega hasta aquí.

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La isla de Djerba, en el Golfo de Gabes, pertenece a ese selecto grupo de lugares con un atractivo especial y que ofrece un poco de todo: historia, cultura, gastronomía, aventura, deportes de agua, mar, sol, equitación, golf y un turismo, hasta ahora, sostenible, con playas de arena dorada y aguas cristalinas como Sidi Mahrez y Rass Taguerness entre otras. Sus habitantes viven de la agricultura, la pesca, la alfarería y del turismo.

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Su cocina es tradicional con influencias bereber, árabe, turca e italiana, una cocina muy sabrosa elaborada con productos locales. Como en todos los países de la cuenca mediterránea, los ingredientes principales son los pescados, carnes (cordero), verduras, especias (tabil, alcaravea, comino o cúrcuma), salsa harissa, dátiles, frutos secos y aceite de oliva. Los platos más conocidos son el cuscús (de cordero, pollo o pescado), los tajines (carne y verduras) y los bricks, que son unas empanadas hechas con un hojaldre muy fino rellenas de carne, pollo, marisco o atún. Siempre se empieza una comida con los aperitivos (aceitunas verdes, almendras tostadas o ensaladas), se sigue con un plato principal y se termina con un postre dulce, elaborado con frutos secos y mucha miel (baklavas, samsas, o gharaibas). Y la bebida oficial es siempre el té a la menta.

Uno de los grandes atractivos de la isla es Houmt Souk, la capital, con su medina y varios zocos por donde callejear, oler y comprar todo lo que puedas imaginar: especias, dátiles, frutas, telas, trajes, cerámicas, antigüedades, bolsos o perfumes. También es recomendable visitar el museo de Artes y Tradiciones que guarda una colección completa de trajes tradicionales de las diferentes etnias locales y un taller de alfarería y joyas antiguas. Merece asimismo la pena visitar la fortaleza Borj el Kebir, testigo de un pasado belicoso y donde el sanguinario corsario turco Dragut combatió a las tropas españolas enviadas por Felipe II. Intramuros hay una sala donde se guardan distintos tesoros encontrados en recientes excavaciones -estatuas romanas, y capiteles de gran belleza, entre otros-, y el mausoleo de Sidi Ghazi Mustapha, director de la reconstrucción del fuerte en el siglo XVI.

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A pocos kilómetros de la capital se encuentra Erriadh, un encantador pueblo de calles estrechas y casas con una arquitectura bereber tradicional de patios centrales abiertos y cúpulas. Esta localidad, por obra, gracia y arte de unos cuantos artistas, se ha convertido en una reconocida galería especializada en Street Art, Arte Callejero o Grafiti a nivel mundial. Aquí los lienzos son los propios muros encalados de las casas, almacenes, bidones abandonados, paredes caídas, puertas, escombreras o aceras e incluso buzones de correo postal; cualquier superficie sirve para que los artistas puedan dar vida a sus pinceles.

La idea surgió de Mehdi Ben Chaikh, un galerista parisino de origen tunecino especializado en arte callejero que, en el 2014, propuso a un grupo de artistas internacionales crear un proyecto de Street Art permanente en Erriadh, el conocido Proyecto Djerbahood. El proyecto arrancó con mucha fuerza porque a los grafiteros les encantó la idea, pero no resultó tan fácil cuando hubo que convencer al alcalde y a los propietarios de las casas.

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Entre el asombro de unos y la incredulidad de otros, fueron cediendo a los deseos del galerista. Asombro porque muchos consideraban que los grafitis eran actos de vandalismo, e incredulidad ya que no se creían que hasta allí llegarían artistas de todo el mundo para decorar los muros de sus humildes casas. Lo cierto es que más de 100 artistas de 30 países han dejado ya sus obras de arte pintadas en los muros, un arte efímero que envejece mal porque el aire, el sol y la salinidad del ambiente los va deteriorando lentamente.

Erriadh es un pueblo doblemente famoso: por los grafitis y por la sinagoga “La Ghrirba”, o “La Maravillosa”, muy conocida en Oriente Medio y en el norte de África por ser un importante centro de peregrinación en la Pascua judía. Los más sabios del lugar cuentan que la Ghriba, otra leyenda más, fue fundada 600 años antes de JC cuando una piedra sagrada cayó del cielo indicando el lugar donde debían levantar el templo y junto a ella apareció milagrosamente una bellísima joven extranjera (una ghriba) que ayudó a los albañiles a levantar el edificio. La construcción actual data de 1920, tiene una decoración orientalista y guarda una de las Torás más antiguas del mundo.

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Antes de abandonar la isla de Djerba, hacemos una breve parada en Guellala el pueblo de los artesanos ceramistas y seguimos rumbo a la región de Dahar, en el sudeste tunecino en busca de los Señores del Desierto, el pueblo Bereber. Dejamos la isla por la única carretera que la une al continente africano, la conocida Calzada Romana, y enfilamos hacia el desierto. Sin duda los romanos han sido los grandes constructores de la historia, por donde pasaron dejaron grandes calzadas, anfiteatros, termas, villas, acueductos… obras que han llegado hasta nuestros días un poco deterioradas pero en un más que razonable buen estado de salud. Con ellos se cumple el dicho “lo bien hecho, bien parece”.

Por carreteras estrechas y serpenteantes, con más tráfico del que desearíamos, llegamos a la tierra de los Castillos del Desierto, la tierra de los ksour. De lejos solo vemos una mezquita de inmaculado blanco en lo más alto de la montaña sobre un paisaje desértico de piedras y arena con grandes barrancos y precipicios. Pero a medida que vamos acortando la distancia, empezamos a divisar la estructura de un pueblo fortificado, y me viene inevitablemente a la cabeza una pregunta: ¿Quién y cómo se puede vivir aquí? Nos han explicado que los habitantes de estas tierras están acostumbrados a las adversidades del clima, a la falta de agua, al suelo y a los invasores, pero seguimos sin comprender cómo se puede vivir en una región tan poco hospitalaria. Pero cuando pisamos el lugar de repente todo cobra sentido, es entonces cuando comprendemos la estructura del ksour.

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En árabe la palabra Ksar (en plural ksour) quiere decir castillo o palacio, pero en el sur de Túnez, se traduce como habitación. El pueblo, construido en altura, está formado por unidades individuales llamadas ghorfas que pueden tener varios pisos. Me viene a la cabeza la imagen de un panal de miel en donde están dispuestas todas esas filas de celdas. Aquí sucede igual pero a gran escala, en el ksour cada celda es una ghorfa, o sea, una habitación abovedada de piedra y barro. Se construyen en varios pisos, una encima de otra y se utilizaban como graneros. En la parte baja guardan el aceite y en la superior el grano. Hay ksour con dos, tres, cuatro y hasta cinco pisos.

Chenini es un ksour fundado en el siglo XII y es de los pocos lugares donde se escucha hablar bereber; en la cima de la montaña está la mezquita sobre una cueva que según cuenta “su” particular versión de la leyenda oriental, ésta sí es mi última leyenda, guarda los cuerpos de los siete jóvenes que quedaron encerrados y no murieron, simplemente se durmieron y cuando despierten anunciarán el día del Juicio Final.

Hoy en día, Chenini se mantiene como un museo viviente para los turistas, es un pueblo semiabandonado. Se están recuperando y rehabilitando los ksour, e incluso algunos se han transformado en hoteles con habitaciones básicas y austeras, pero muy prácticas.

Llevo días viajando entre el mar y el desierto, viviendo grandes experiencias y conociendo poco a poco este apasionante país y todavía queda lejos el Sahara, ese desierto de arena y dunas que nos llama desde que pisamos el continente africano; todavía no me he ido y ya estoy pensando en el próximo viaje.

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Para seguir leyendo te invitamos a entrar en el número 140 de la revista

Texto y Fotografías: Tayo Acuña

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