Homenaje de Casa Pedro a un Salmón Asturiano Salvaje

Casa Pedro aparece de repente, pegada a una serpenteante y empinada carretera. Estamos tan cerca de los Picos de Europa que no hace falta verlos para sentirlos. Desafiando la altura, árboles y arbustos de cientos de años escalan y se mantienen en vertical, agarrándose a rocas milenarias y sobreviviendo a contracorriente, como el salmón asturiano salvaje que llevamos días persiguiendo y que nos ha traído hasta aquí.

 

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Nos han dicho que tenemos que preguntar por Christian, el de la gorra. En la entrada, en unas pequeñas mesas que dan a la carretera un grupo de pescadores bebe cerveza mientras contempla en silencio el paisaje. Parece que se han dejado las palabras en el río, pero cuando miro en la misma dirección que ellos, comprendo que no haya nada que añadir: las vistas de la sierra del Sueve con las sombras alargadas de los montes Cea y Cetín de fondo me acaban de dejar sin habla a mí también.

 

Siempre que subo alto me sucede, una parte de mí se reactiva. He nacido en Jaca, a la sombra del Pirineo Aragonés, empecé a respirar a 820 metros de altura, y eso no se olvida, convive conmigo en silencio y se reactiva, como ha sucedido ahora mismo, en cuanto rebaso los 1.000 metros sobre el nivel del mar. ¿Les sucederá lo mismo a esos salmones que han escalado el río, nadando a contracorriente hasta llegar a pocos kilómetros de dónde nos encontramos?

  

“¿Vienes por lo del campanu, verdad?”

 

Entro cargada de energía, casi sobrepasada de emociones por todo lo que estoy viviendo desde que nos hemos subido al coche esta mañana, me dirijo a la barra y Christian de Diego (Parres, 8 de noviembre de 1982) sale en ese momento de la cocina. “¿Vienes por lo del campanu verdad?” (Casa Pedro se llevó el campanu del Sella este año después de abonar 7.100 euros). No”, le contesto, “venimos por ti”. Se quita la gorra, se acaricia la cabeza riéndose y me dice, “¿y qué te voy a contar yo que sea más importante que el salmón campanu?”. Comparto su risa, le contesto que seguro que encontramos algo y le pido que nos acompañe un rato.

 

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Intentamos convencerle pero él prefiere entrar y salir de escena mientras probamos algunos platos (sinceramente espectaculares) elaborados con salmón que está ofreciendo en la carta estos días. La idea inicial de entrevistarle se transforma en una improvisada comida compartida con Omar, el amigo que le ha enseñado a pescar salmones, en la que él aparece y desaparece después de presentarnos los platos. “Si da tiempo al final, quizás podríamos acercarnos al río”, confirma antes de meterse de nuevo en la cocina.

 

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Reproduzco a continuación fragmentos de momentos inolvidables con alguien que sin duda ha nacido para cocinar, con todo lo bueno y no bueno que trae consigo ese valioso don cuando naces en un pueblo de 3.000 habitantes encerrado entre montañas silenciosas y zonas rurales tan bellas como deshabitadas. 

 

Irse Para Regresar

 

La trayectoria profesional de Christian está llena de viajes de ida que le prepararon para regresar a casa cuando llegó el momento. “Me formé en la escuela de hostelería de Oviedo y cuando terminé los estudios, pasé 14 años trabajando fuera. Empecé en Gijón, Oviedo y Ribadesella; de allí salté a Tenerife y a Bruselas; pasé seis años en San Sebastián y los dos últimos años en Madrid. Regresé hace seis años a casa, y empecé una nueva etapa, la más importante para mi.“

 

Qué es Casa Pedro

 

Nos sentamos en una especie de cobertizo lleno de encanto pegado a la casa principal y le pregunto qué es Casa Pedro. Una locura familiar, responde sonriendo, Pedro es mi padre, mi madre, que fue la que empezó con la aventura hace 33 años, está en la cocina conmigo y la chica que estáis viendo de camarera es mi hermana. Tenemos más personas en el equipo, pero el núcleo es familiar, muy familiar te diría. Tanto que mi mujer, que es abogada, los fines de semana también nos echa una mano y en agosto tienes que sumar a mi sobrino de 7 años y mi hijo de 4 años que se pasan la vida entrando y saliendo de la cocina porque es la única forma de que les veamos”.

 

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¿Quién Manda Aquí?

 

Le pregunto quien manda en la cocina porque desde que llegamos, hemos sido plenamente conscientes de la figura de Yolanda, su madre. No la hemos visto aún, pero la intuimos detrás de muchas frases. Ella fue la que empezó todo esto, yo al final me he limitado a seguir el camino marcado por ella. En la cocina estamos los dos al mando, pero ella es la que guisa, los platos de cuchara son suyos. Tenemos la carta dividida en dos partes, una tradicional y otra de nueva cocina. También te digo que es muy crítica, pero gracias a Dios, le gusta todo lo que hago y cuando los resultados acompañan, incluso me felicitase ríe con esa media guasa tan suya.

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Así que al final, ¿es ella la que manda?”, le pregunto de nuevo porque a mí, a guasona no me gana nadie cuando toca hablar del incuestionable poderío de algunas madres, “!Siempre!,” responde entre risas, de hecho ella fue la que decidió ir a por el campanu, se calentó sola, se lió la manta a la cabeza, me llamó por teléfono y yo la seguí”.

 

¿Qué empuja a un cocinero a pagar 7.100 euros por un pez?

 

Toca conocer el porqué de una decisión que les llevó a las portadas de todos los medios locales hace apenas un mes. Fue un homenaje a mis abuelos y a la memoria de mi güelu Antón. El primer salmón pescado en el Sella fue capturado en las Tempranes, el coto en dónde mi abuelo se pasó media vida pescando. Los ríos alimentaban aquí a las familias hace no tantos años”, recuerda.

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Christian comenta que hace un año perdieron a su abuela Victoria, la mujer de Antón, una señora con una fuerza y una energía increíble. “Sé que le hubiera encantado que fuéramos a por el campanu. El año pasado pesqué un salmón y lo primero que hice fue ir a su casa a enseñárselo. Me abrió la puerta, miró el salmón, se echó hacia atrás y se quedó medio paralizada,  “ay si te viera tu guelü”… (Y entonces paramos todo, la grabadora, la cámara, y la charla, solo unos segundos, los suficientes para digerir esa imagen emocionante que nos ha atravesado a todos).

 

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Retomamos enseguida la historia, “ellos vivieron del río, de los salmones que se pescaban y se comercializaban a muy buen precio. Recuerdo que mi abuela llegaba a coser la piel de algunos salmones que se había estropeado un poco. Los sacaba con un cuidado extremo de unas cestas, los cosía sobre el sillón, los depositaba de nuevo en unas cestas de mimbres alargadas, cogía la bicicleta y bajaba hasta Arriondas para venderlos.”

 

Repercusión mediática

 

Christian reconoce que aunque el motivo fue un homenaje, la repercusión mediática les ha venido muy bien: “fue increíble, ese día llegó un momento el que directamente me bloquee, miré el móvil y tenía 800 whatsapp, no sé cuantas llamadas perdidas y el Facebook lleno de mensajes. El mismo día que se celebró la subasta, ya había gente que quería probarlo” recuerda, “aguanté como pude dos días y cuando el pánico me invadió, cogí la moto y fui a pedir ayuda a mi gran amigo José Antonio Campoviejo a Arriondas. Le pedí que me ayudara a gestionar la situación porque no sabía como actuar y él me sugirió que preparara platos que pudiera vender al público a un precio asequible porque iba a subir mucha gente a degustar el campanu. Regresé, me metí en la cocina y enseguida aparecieron tres platos que se vendieron muy bien las semanas siguientes: croquetas cremosas de salmón; una versión de ensaladilla con lascas de salmón marinado y ventresca con guisantes lágrimas y lomo a la brasa con fondo de pitu.”

 

De las lágrimas a los triples turnos

 

Cuando empecé hace seis años” recuerda con un tono que de repente roza la nostalgia lloraba todas las noches. No daba una cena, así que cogía la moto, bajaba a Cangas y me dedicaba a pasar delante de sitios que estaban llenos. Subía, regresaba a la cocina, volvía a echarme a llorar y enseguida llegaba mi madre y me intentaba tranquilizar. En aquella época solo quería que vinieran cuatro, que salieran contentos y se lo contaran a otros cuatro”.

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Poco a poco lo fuimos logrando y ahora mismo no me puedo quejar, no estamos parados a pesar de que en estos sitios cuesta. Pienso que es más difícil dar un cambio a un restaurante que empezar de cero. Me he pasado seis años invirtiendo dinero en el restaurante. Este año empecé diciendo que no iba a hacer un solo gasto extra y ya ves, mira dónde me metió mi madre con su idea del salmón campanu”, ríe mientras mira hacia la terraza que hay en la parte superior del restaurante y saluda a una mujer feliz. Y es entonces cuando al fin, vemos a Yolanda y la saludamos con una profunda admiración aunque ella no sea consciente de lo mucho que la conocemos ya.

Seis años después de que Christian regresara, un día cualquiera de agosto pasan por aquí 160 personas para comer y otras 160 para cenar en tres turnos; en Semana Santa los turnos no bajan de las 17 horas y las últimas navidades dieron de comer y cenar en Nochebuena y Nochevieja a más de 200 personas.

Sucederán muchas más cosas y después, solo media hora después, aunque nos parezca que haya pasado media vida, recorreremos con ellos en silencio la orilla del río Sella a la altura de les Tempranes, ese coto en el que pescaba el abuelo Antón. Y otra vez sentiré que se me borran las palabras y dejaré que sea ese río – lleno de silencios, de miradas y de presencias de personas que están aunque ya no estén – , el que me atrape esta vez.

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Dará milagrosamente tiempo para acercarnos a la salmonera, un lugar de una belleza sobrecogedora lleno de pequeñas cascadas en dónde muchos salmones desovan porque fue aquí dónde empezó su ciclo de la vida. Omar me pasará las gafes un par de veces, “Mírales, están delante de ti, ¿les ves?. En vez de hacerle caso y mirar en la dirección que me indica, cerraré los ojos y dejaré que pasen unos segundos antes de devolvérselas. No le diré que no he visto nada a posta, porque siempre he creído firmemente en aquello de que, si te dejas algo, siempre tienes una excusa para volver. Y yo tengo la mejor, regresar de nuevo para ver lo que me trajo hasta aquí una vez.

 

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