Té, Un Viaje Antioxidante, Amargo y Armonioso

Más de una vez he leído que después del agua, la bebida más consumida del mundo es el té. Pero para que negarlo, en España la mayoría somos más amantes del café y del chocolate que del té. A pesar de ello, casi todos lo hemos tomado alguna vez y en menor o mayor medida muchos somos capaces de identificar sus características más básicas. Sin embargo, a la hora de ser más concretos nos perdemos entre sus orígenes, las variedades, las cantidades a utilizar y los tiempos necesarios para su infusión. Cierto es que su universo es complejo y más que extenso, y por ello solemos limitarnos a comprarlo en formato de bolsitas en el lineal de cualquier supermercado, no obstante, te diré que con muy pocos cocimientos y menos esfuerzo, puedes aprender a disfrutar de ello en toda su gloria.

Si me permites un inciso, he de decir que me encanta el café. No el café torrefacto ni las mezclas industriales, pero quizás sea mejor dejar esa historia para otro día. El caso es, y a lo que vamos, al margen de una taza de café, suelo tomar al menos dos infusiones cada día. Disfruto muchísimo de ellas, no solo por su perfume y su sabor, sino también por el pequeño ritual que exige su preparación y el corto descanso que me brinda tomarlo. He de decir que no soy un gran experto y que esta infusión sigue siendo un desconocido relativo para mí, pero como he dicho antes, con muy poco esfuerzo se puede empezar a disfrutar mucho de ello.

Primero un poco de historia ligera. Las hojas del té provienen de una planta asiática, la Camellia sinensis. Si hablamos de sus orígenes, todo parte de China donde, según cuenta la leyenda, unas hojas de la planta cayeron accidentalmente en el agua caliente que bebía Shen-Nong, un emperador descubridor de la medicina  que instaba a sus súbditos a hervir el agua para evitar enfermedades. El resultado de la infusión accidental fue tan placentero que pronto se hizo muy popular.

Posteriormente, la costumbre de beberlo se extendió a Japón, cuya ceremonia adquirió tales niveles de refinamiento que llegó a convertirse en una seña de su identidad cultural. Con la expansión colonial occidental llegó el comercio masivo de la planta, tanto que la búsqueda de nuevas zonas de cultivo y explotación para ello convertiría a la India en uno de los principales países productores de té del mundo.

Gracias a los imperios, su consumo se extendió por todo Europa, llegando a convertirse en moneda de cambio que serviría hasta para sufragar el coste de guerras (de igual modo provocarlas), impulsar la industria de la porcelana y la cerámica, incluso a crear iconos literarios y artísticos.

El Imperio Británico es quizás el mejor ejemplo para entender la importancia del comercio y consumo de té y su historia económica puede dar fe de ello. Sus plantaciones extendían por gran parte del continente asiático y sin duda fue un gran acierto para ellos encontrar en sus territorios africanos las condiciones climáticas y de suelo ideales para la apreciada planta; Kenia, Tanzania, Ruanda y Malawi siendo un buen ejemplo. Si China y Japón representan el lado más refinado de su consumo, el Imperio Británico de la era victoriana lo hacía tremendamente popular, hasta creando inolvidables imágenes literarias como la del sombrerero loco en la merienda de Alicia en el país de las maravillas.

En cuanto a sus tipos, la clasificación más sencilla y conocida puede ser la siguiente: negro (larga fermentación, alto contenido en teína), rojo (Pu Erh, post-fermentado, contenido medio en teína), oolong o azul (semi-fermentado, a caballo entre el té verde y el negro, contenido medio en teína), verde (ligeramente fermentado de bajo contenido en teína) y blanco (sin fermentar, sólo brotes jóvenes, de muy bajo contenido en teína) Esta clasificación, aunque práctica, deja fuera muchas de las sutilezas dentro de los propios grupos que implican diferencias de sabor, olor y cuerpo de los tés. Por ejemplo, en el grupo de los tés negros, uno de Assam y de Ceilán darían como resultado una infusión totalmente distinta. Del mismo modo que lo harían un té verde japonés y otro de China.

También se perfuma con otros ingredientes aromáticos, costumbre heredada de los europeos a través de los países que poco a poco han ido extendiendo el hábito de tomarlo. Gracias a la influencia de los primeros europeos que lo conocieron en Asia, hoy en día es fácil disfrutar de un té perfumado con olores exóticos como el de la bergamota, el jazmín y hasta el humo. En toda Asia se perfuman los tés con muchas especias, plantas y flores, distintas según los climas de cada país. Hay quienes les encanta tomarlo con fragancias muy intensas, hasta picantes, como en algunas zonas de la India y países limítrofes, pero en infusión en agua, no en leche, como les gusta en la región, aunque luego le añada un poco de leche.

La base de estas mezclas es casi siempre, y por este orden en cuanto a cantidad a añadir, cardamomo verde, clavo y canela de la China, Cinnamomun cassia, que se puede sustituir por la canela de Ceilán, Cinnamomun zeylanicum, la más extendida en España. A estos tres aromas es posible adicionar jengibre seco y pimienta negra, porque dan una escala de picantes de distintos tonos; semillas de hinojo y anís estrellado, que suman una nota anisada intensa; granos de cilantro por su acento un poco ácido; regaliz por su matiz balsámico cortante y de madera; capullos o pétalos de rosa olorosa o de jazmín, incluso de espliego o de azahar, por la fastuosidad de sus aromas; arilos de nuez moscada, que dan toques cálidos y ácidos al tiempo.

Cada uno desarrolla sus propios gustos particulares con estas mezclas; y no es en absoluto complicado experimentar con ellos, Solo has de encontrar un buen establecimiento más o menos cercano y dejarte llevar por tus gustos y la ayuda de quien lo regenta. Por si no has probado esto antes te dejo unas ideas para una primera incursión:

Unos 50 g (como mucho, los aromas se pierden con rapidez) de un té negro de la India sin aromatizar. Luego, y para un primer té perfumado, intenso y picante combina unos cardamomos verdes, unos pocos clavos, un trozo de canela de China, unas bolas de pimienta y un pedacito de jengibre seco o un pellizco de jengibre molido. Para el segundo, uno más floral, dulce y picante, con recuerdos de las mezclas de especias para la cocina del norte de África, combina unos cuantos capullos de rosa olorosa con clavo, un poco de pimienta y una pizca de canela. Aplasta para trocear, sin llegar a machacar del todo, los granos, flores y cortezas y revuélvelos bien.

Fuentes:   Yuli Perpen y Rosa Tovar.

Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

COCINA FORO 1098 SL 
Calle de O’Donnell, 3, 28009 Madrid
info@cocinafuturo.net
+34 616519434

También puedes caer
en nuestras redes:

  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • Pinterest