Por Nostalgia Se Ha Muerto El Pez

Por aquel entonces, mi pueblo era un lugar en que los fines de semana podíamos salir a recoger los mejillones que crecían salvajes por dónde fluyeron las corrientes y buscar por debajo de las rocas, cangrejos y anguilas, cuyo alegre destino era dentro de una olla sobre los fogones de la cocina de casa. Hoy por hoy apenas conozco a nadie que tenga la valentía de meter un mejillón de esos en la boca. Peor aún, hace unos cuantos años, con toda la ilusión del mundo, lleve a mi hija pequeña a recoger cangrejos entre aquellas rocas, pero, por horas que estuvimos buscando, no encontramos ninguno. Habían desaparecido todos.

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También era corriente que los jueves por la tarde, hacernos con algo de pescado salvaje recién traído del atlántico en las lonjas, o a veces comprarlo directamente de los barcos. Unas piezas relucientes y firmes que sabían a dulce gloria bendita a mi joven paladar. Pero han pasado muchos años desde entonces, ahora apenas quedan cuatro barcos de pesca y un puñado pescadores en ese puerto de mi juventud.

Igual que con el sabor de los tomates de mi infancia, el pescado de hoy rara vez me sabe como aquel de antaño. Ese sabor ha desparecido de mi vida casi por completo, igual que los cangrejos a que mi hija nunca llego a conocer. Si, ese sabor, real o percibido, lo echo mucho de menos.

A veces, pero solo a veces, y cada vez menos, logro encontrar a un precio razonable un pez salvaje muy fresco; de mirada cristalina; con las agallas de un color rojo oscuro y mineral; de cuerpo reluciente; brillante; firme y contundente. Ese magnífico pez ya es una rareza y aunque le pudiera encontrar todos los jueves en este metrópolis donde vivo ahora, representa además un lujo que no me lo puedo permitir.

Al margen de estar irremediablemente de moda, cosa que me enerva, he de reconocer que hoy por hoy la acuicultura no deja de ser la forma más sostenible, saludable y económico de poner el pescado sobre nuestras mesas con cierta regularidad.

Pero permítanme expresar un poco de indignación ante ello, aunque sólo por tener que resignarme ante lo que considero consecuencia de la avaricia, concentración y la globalización de la industria pesquera, que a lo largo de los años ha ido quedado en manos de muy pocos “grandes”, a la vez que paulatinamente nos han ido dejando sin recursos naturales tan preciados.

Y eso me temo, es como ahora se está evolucionando la industria de la acuicultura. Veo un sector que ya se está concentrando y por desgracia a un ritmo de vértigo. Al igual que en la agricultura terrestre, lo que podríamos describir como el «pisci-granjero» pequeño o mediano, incluso el más o menos especializado, lo tiene cada vez más difícil de operar y estar realmente libre a la hora de elegir su sistema de crianza y la “sostenibilidad” que aplica en los términos integrales del concepto (ambientales, técnicos, económicos y sociales), además de controlar su margen de beneficios.

Y la razón se halla por aquí: por una sobrecapacidad de producción de unos pocos y muy grandes multinacionales de la acuicultura, el precio que estén dispuestos a pagar los centrales de compra y por ende los grandes superficies, fluctúa y se deriva bastante a diario.

Lamentablemente por el pequeño «pisci-granjero» el variante de ese precio se está triando cada vez más a la baja. Sin embargo, los costes de explotación de esas granjas no hacen más que subir, y el escaso o incluso margen negativo nulo para esos productores, les presenta con pocas opciones: Sacar los peces de las jaulas antes de tiempo en un intento de conseguir algo de liquidez y sobrevivir como buenamente pueden; agruparse con otros productores y torear con los tirones financieros hasta quien sabe cuándo; poner sus empresas en venta a uno de los grandes multinacionales, o cerrar las puertas y dedicarse a otra cosa.

Todo eso se traduce en cada vez más concentración de la industria, que se esta quedando en manos de unos pocos “grandes”, dentro de una producción cada vez más globalizada, más estándares industriales manipulados sobre la base de los intereses de unos pocos compradores y vendedores; en la pérdida de mucho empleo local, y en menos poder de elección por parte del consumidor. (Léanse tu y yo…)

Así, con todos mis respetos a lo que representa la acuicultura en sí y a todos vosotros que estéis agarrados a la bandera de la sostenibilidad en su nombre, digo: Por los barcos y los pescadores que ya no entren ni salgan por el puerto de mi pueblo, por los sabores perdidos de mi infancia, por los cangrejos que no ha podido recoger mi hija, por los negocios desaparecidos de los pequeños emprendedores, por el empleo local perdido y para mi, “por nostalgia se ha muerto el pez”…

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