Cardamomo Entre Memorias De África

Releo un extracto de Sombras en la hierba de Isak Dinesen (Alfaguara) y viajo a otro mundo, a otro tiempo, a otra cultura y a otra mentalidad. Allí, en ese lugar y momento que daría todo por vivir, me encuentro con una anécdota relacionada con el cardamomo. Y me emociona pensar que una humilde especia es el único elemento que sigue siendo igual de mágico 100 años después de que una valiente danesa rompiera con todos los convencionalismos posibles, se fuera a vivir a África y comprara una granja al pie de las colinas de Ngong…

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“Cuando el príncipe Guillermo de Suecia vino a tomar el a mi granja, quise hacer en su honor una especie de tarta sueca llamada “Klejner” para cuya elaboración se precisa un poquitín (los libros de cocina dicen “un pellizco”) de cardamomo.

Mandé a Farah a Nairobi a hacer la compra y puse el cardamomo en la lista. “Puede ser – le dije – que no lo tengan los tenderos blancos. En ese caso, lo pides a los indios”. Suleiman Virjee y Allidina Visram, los grandes mercaderes indios, amigos de Farah, eran dueños de más de la mitad del barrio comercial indígena conocido por el Bazar.

Farah volvió a última hora de la tarde, diciéndome: “Esta preciosa especia, Memsahib, que otros europeos no conocen, pero que nosotros precisamos, ha sido muy difícil de obtener. Primero fui a los tenderos blancos, pero no la tenían. Entonces fui a Suleiman Virjee, que la tenía, y se la compré por quinientas rupias.”

Una rupia venía a ser unos dos chelines. “Estás loco Farah –le dije– Yo quería que me trajeras solo diez céntimos.” ”No me lo explicaste así” dijo Farah. “No, no te lo expliqué así – le dije -. Yo creía que tenías una inteligencia humana. Pero de todos modos, no necesito quinientas rupias de cardamomo y se las vamos a devolver a Suleiman Virjee, a su procedencia.”

Enseguida me di cuenta de que iba a ser imposible que Farah cumpliera mi orden. No era el apuro lo que le arredraba, pues un somalí no se apura por nada, sino que no podía consentir que Suleiman Virjee pensase que a una casa como la nuestra le bastaba con menos de quinientas rupias de cardamomo.

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Reflexionó sobre el asunto y dijo: “No estaría bien, Memsahib. Pero voy a hacer otra cosa. Me quedo yo con el lote.” Y lo dejamos así. Los somalís son unos comerciantes tan activos que no tardó Farah en introducir en la granja un artículo hasta entonces desconocido, de tal modo que al poco tiempo todo kikuyu que se estimara en algo circulaba masticando cardamomo y escupiendo con altivez el cascabillo. Yo hice la prueba y no salió mal. Tengo la impresión de que Farah sacó un importante beneficio de la transacción.

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